viernes, 4 de julio de 2008

Sonrisas cruzadas y alguna cosita más...

Sonrisas cruzadas

Ella vive cerca del edificio donde trabajo. A menudo nuestros ojos se cruzan a lo lejos, sonríen y se saludan.
Hoy la he visto, subía por la acera y yo bajaba por la misma, he moderado mi paso para poder cruzarme con ella a la altura de su casa. A unos veinte metros ya ha empezado a lucir una gran sonrisa, yo he hecho lo mismo, no puedo evitarlo, ni quiero. Ella llega antes -he calculado mal- y me espera delante de la puerta de su casa, sus ojos quieren saber de mí, saber si todo va bien, los míos quieren hacer lo mismo. El aire suave y travieso hace bailar sus cabellos, ella, coqueta, se arregla un rizo que cosquillea su oreja. Me siento feliz de encontrarla, no siempre la veo.
Cuando estoy enfrente de ella, con una sonrisa de oreja a oreja, me acerco, pongo una mano en su hombro y acerco los labios para besarla...
Le doy un beso en cada mejilla mientras digo:
-¿Qué tal? -con voz un poco más alta de lo que sería normal.
-Ya ves, aquí andamos... -responde ella con claro acento gallego.
Su cara refleja el cansancio provocado por el esfuerzo que ha hecho calle arriba empujando el carrito de la compra lleno.
-Si está hecha una chiquilla, señora Digna -le lanzo piropos siempre que puedo.
-Ochenta y uno para ochenta y dos casi... -responde ella orgullosa mostrando un dedo y después otro.
-¡Lo que yo digo, una chiquilla! -levanto la voz porque está un poco sorda, ya me advirtió de ello hace unos años.
Siento deseos de detenerme a hablar, aunque sea poco rato, con algunos abuelos del barrio a los que conozco. La muerte de mi abuela Rosa me dejó huérfano de abuelos y les echo de menos, quizás es por eso que miro a las estrellas la noche de Sant Joan, porque fue en una noche de Sant Joan que empecé mi particular tradición de dirigirme a las estrellas en medio de la oscuridad y hablar con ellas, como si los abuelos me pudieran escuchar. Mi abuelo se llamaba Joan.

Alguna cosita más...

Hoy es el cumpleaños de Maite, la mujer de mi padre y fiel lectora de mi blog. Ella ha sufrido el hecho de estar con mi padre muchos años, a las duras y a las maduras. Mi padre es el abuelo de mis hijos, pero a ella nunca le han llamado abuela, ni yaya...
¿Por qué? No lo sé, quizás es una cuestión difícil de resolver, conozco casos similares en los que los nietos de uno no lo son del otro.
La yaya Rosa quedó viuda cuando yo tenía catorce años.
Con el tiempo encontró un compañero-novio a quien nunca consideré abuelo, pero lo apreciaba mucho. En cambio, para mi hija, era el abuelo Josep. A ellos les encantaba la niña, vivían en el mismo pueblo. Mi padre y Maite no viven cerca y ven a los niños de vez en cuando, supongo que eso influye. Tampoco sé si ella se sentiría abuela...
No sé cuántos años cumple, ni lo diré si ella me lo dice, porque a las mujeres no se les preguntan estas cosas, pero después de todo lo que ha tenido que sufrir en la vida, creo que se conserva muy bien.
Felicidades Maite y gracias por hacerme sentir que siempre hay alguien al otro lado de la pantalla del ordenador.
"La gente como tú me anima a seguir adelante".
¡Besos!

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