Escritorio de la habitación del Hotel de México donde pasé unas buenas horas.
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'Before I wake' de Robert J. Wiersema.
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Paseando entre estanterías de un caluroso Eroski, descubrí un libro de bolsillo: "Tokio blues" Norwegian Wood, de un autor japonés Haruki Murakami de quien había tomado referencia en un post de un compañero de un blog. No podía dejar escapar aquella oportunidad, aunque casual, y le dije a mi esposa que se lo regalaba ... para mí.
428 páginas de un estilo reflexivo -diferente a lo que llevaba leído hasta el momento. Mientras iba leyendo las tribulaciones y preocupaciones de Toru Watanabe, las imágenes se movían en mi imaginación como si estuviera ante una película japonesa de tonos verdes y amarillos, estilo videoclip musical. Acostumbrado a nombres catalanes, castellanos y anglosajones, en general nombres como: Naoko, Toru, Midori o Reiko te transportan a un mundo más próximo al de Doraemon, pero una vez te acostumbras, forman parte de la apertura mental literaria de este año.
La novela, curiosa y triste, juega a menudo con la muerte como parte de la vida. No será la última cosa que lea de este autor.
Tras Murakami, empecé un librillo que hacía tiempo tenía en mente leer: "El curioso incidente del perro en medianoche" de Mark Haddon. 269 páginas llenas de lógica, números, matemáticas, investigaciones y aventuras de un chico autista de quince años, Christopher Boone. Una novela excepcional en torno a un personaje que, según dicen, no se parece a ningún otro y muestra la peculiar manera de ver el mundo que tiene este chico.
Llegó el final del libro en Sort y quedé por unos instantes sin nada para leer, pero fue en el hotel donde trabaja mi hermana donde comencé la curiosa aventura de leer novela en inglés.
Gracias a la supuesta dejadez de los clientes, el hotel pone en unos estantes en el hall y a disposición de los nuevos clientes, libros olvidados, la mayoría en inglés. De todos ellos escogí uno que me llamó la atención: "No time for goodbye" de Linwood Barclay, 437 páginas intrigantes y de constantes sucesos que me atraparon desde la primera a la última. El argumento se basa en la extraña desaparición, en el año 1983, de una familia entera, padres y hermano, de una chica de catorce años. La novela transcurre en la actualidad (2008) después de veinticinco años, ella ya está casada y tiene una hija de ocho años. No explicaré nada, ya que empecé a explicarla a mi hija mientras la iba leyendo y se enganchó al argumento hasta que le tuve que explicar todo hasta el desenlace. He buscado en google información del autor y figura que la novela ha sido traducida a doce idiomas, creo, por eso si se publica aquí, se la compraré a mi esposa.
Antes de marcharnos de Sort y con la convicción de que aquella novela no me duraría mucho en las manos, mi hermana me invitó a llevarme otra. Escogí: "A death in Tuscany" de Michele Giuttari, ex-policía italiano que figura entre los que más vende de Italia. ¿Por qué lo escogí? quizás porque curiosamente entre las páginas que hojeé apareció un personaje: Sergi (curiosamente no Sergio) a quien apodan Serpico, llamadme simple.
Por cierto, no he sido el único en zampar papel este verano, en el buzón de casa hay un caracol que se ha ido poniendo las botas con nuestra correspondencia, sobre todo la bancaria. Por lo visto, la hipoteca nos debe haber bajado, ya que sólo se puede ver esto: ????,54 €.
Aprovecho este post dedicado al verbo escribir para colar el collage que el escritor Jesús M. Tibau me ha hecho llegar no hace mucho:
Escribir: Comunicar alguna cosa a alguien por medio de letras.
Ésta es una de las acepciones que el diccionario nos da de esta palabra, tal vez la que me gusta más, porque figura la palabra comunicar.
Eso es básicamente lo que hacemos muchos de los que tenemos un blog, comunicarnos con gente a través de internet. Nos comunicamos con gente que no conocemos de nada, con gente que hemos conocido virtualmente y con gente que ya nos conoce.
El hecho de escribir te permite describir sensaciones que algunos seríamos incapaces de transmitir cara a cara, pero no por ello lo escondemos, simplemente escribimos y así nos expresamos.
Nuestras palabras esperan impacientes dentro de la ventanilla del procesador de textos de blogger a que la mano dirija el ratón hacia el botón adecuado, que el dedo índice pulse la tecla izquierda justo en el momento en que el cursor está sobre un botón, sólo uno, el que les dará vida, el que las llevará a ser conocidas, el que las llevará a la gloria -o bien a la miseria-, pero las llevará al fin y al cabo, y servirán para comunicar: éste es el botón de Publicar un mensaje.
Puedes guardar el escrito como borrador hasta que un día lo dejes volar como paloma mensajera, aunque también puedes optar drásticamente por seleccionar todo y apretar el fatídico botón Eliminar, asesinando de un golpe seco lo que querías comunicar.
Afortunadamente nosotros podemos resucitarlas, las podemos hacer revivir después de haberlas matado.
Me pregunto:
-¿Cuántas palabras restan muertas en cajones olvidados y no han conocido el placer de viajar a otras mentes por causa de la timidez de quien un día no osó dotarlas de vida?
O lo que es peor:
-¿A cuántas palabras se les ha negado la vida por causa de terceros, rompiendo la ilusión del autor?
Sólo divagaba en una noche serena del mes de julio, mientras unos cuantos insectos descansan atraídos por la única luz que luce en la oscuridad del porche: la pantalla de mi ordenador... Ahora que repaso... ¿He puesto una y griega?... lo dudo, es un insecto que se confunde con las letras, quizás es una especie de hormiga con alas como las que vinieron el año pasado en forma de plag... ¡Vaya, si estoy rodeado de estas bestias!
