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martes, 17 de junio de 2008

De chubascos y paraguas.

Tormenta.
Este mediodía, justo a la hora de ir al trabajo.
Cae un chaparrón impresionante con rayos y truenos, la lluvia azota con fuerza el tejado de nuestra casa e incluso ha caído un poco de granizo. Tengo el paraguas en el coche, cómo no, suerte que tenemos algunos de reserva en el recibidor. Tomo uno cualquiera del paragüero y se me abre solo antes de atravesar la puerta, debe estar estropeado, pero eso no importa, me importa más que cumpla su función.
Salgo a la calle bajo la intensa lluvia y me doy cuenta de que hay una parte del paraguas que no trabaja, está doblada y deja pasar el agua, es demasiado tarde para volver atrás y, como en el coche me espera el super-paraguas-automático-que-se-pliega-y-despliega-solo (foto) que me regaló Jordi -mi socio- continúo.

Esta vez he tenido la previsión de esconder las gafas dentro del bolsillo de la camisa para evitar salpicaduras de agua innecesarias que sólo me harían maldecir -ahora ya podemos maldecir cuando nos cae la lluvia encima, no como hace un tiempo, en medio de la sequía, que escribí un post al respecto.

Me planto delante del coche y abro la puerta, me llueve en la espalda porque el lado defectuoso del paraguas -que no merece ser nombrado así- no deja de echarme agua encima. Entro la bolsa de mano primero y yo después -educado incluso con los objetos- el utensilio estropeado es el último en entrar -que le den, pienso- intento cerrarlo y no quiere, la lluvia empieza a mojarme las muñecas y se escurre bajo las mangas de mi chaqueta.

Las varillas torcidas impiden un plegado normal y reniego:

-¡Coj...nes! ¡Tiene la capacidad de abrirse solo, pero no se cierra ni forzándolo manualmente!Segundos después consigo mi objetivo, pero tengo las mangas de la camisa húmedas. Cierro -por fin- la puerta del coche y el utensilio del demonio se abre hasta donde mi movimiento reflejo le permite ante mi estupefacción.

-Coj...nes!!! -pongo cara de tonto, y más sin gafas- he olvidado que la única cosa que sabe hacer a la perfección es abrirse inoportunamente...

Con la cara salpicada y a punto de perder un ojo, asfixio el paraguas con mis manos, lo cual provoca que el agua se escurra entre mis dedos, tal como si las pusiera bajo un grifo, no tengo más tiempo para perder, lo sujeto firmemente con la mano izquierda y con la otra ato la cinta que los diseñadores concibieron para tal efecto. ¡Cómo no he caído antes!

Lo paso detrás y me chorrea los pantalones, el agua es fría: ¡Vaya! ¡Ahora no me apetecía esta propina! No he roto la mierda de paraguas porque estaba dentro del coche y se podía haber desplegado solo de nuevo...

En el momento de introducir la llave en el contacto me doy cuenta, a pesar de no llevar puestas las gafas, de que ya no llueve. Pongo en marcha el motor pensando en un tal Murphy, me pongo las gafas secas y limpias y meto también la directa que voy tarde.

Al cabo de mi calle, de un árbol a otro, una cinta policial como las de las películas de crímenes de Hollywood impide el paso de los coches, continúo por la vía alternativa que se usa siempre que cortan aquella calle. Voy detrás de unos cuantos coches que se han encontrado como yo, pero allí también luce otra cinta policial. Mecag... me han cortado las dos vías principales de salida hacia Granollers, por lo tanto, tengo que dar una vuelta extraordinaria, pasando por el centro, para dejar el pueblo atrás.

Desde la carretera, ya de salida y en medio de un atasco considerable, he descubierto el porqué de todo: La calle que acompaña el río está inundada.

Llego prácticamente sin lluvia a la puerta del trabajo, un cubo de fregar bloquea la abertura total de la puerta, parece que tenemos goteras. En el vestuario hay ropa tendida, es de Esther. Una camiseta mojada colgada, el jersey encima de las sillas acompañando los pantalones calados por los bajos. En cuanto a Alba, también se intuye que se ha mojado, una frase me viene a la mente: Siempre hay alguien que está peor que tú.

Ya lo dicen: Chubasco por Sant Pere Regalat, cuarenta días de chaparrón... Yo no tengo ni idea de qué día es Sant Pere Regalat, pero me lo comentó la chica de la floristería del sábado.

¡Ah! ¿El paraiguasmierdoso? lo he abandonado (foto) por si alguien lo necesita más que yo, aunque, según dicen, pronto se acabará la lluvia por aquí.

miércoles, 4 de junio de 2008

Haciendo de marujón en Tenerife.

Escrito continuación de Primeros pasos (Tenerife)



Fue en Tenerife donde Penélope y yo empezamos a decir cosas como: mi marido dice... mi mujer dice... recuerdo que nos daba cierta vergüenza, no estábamos acostumbrados, teníamos la sensación de estar mintiendo -qué tontería-, a pesar de no habernos casado, no se podía considerar mentira ¿No?

Nos despertábamos juntos y la primera cosa que hacíamos después de levantarnos era correr las cortinas del comedor para dejar entrar el sol de cada mañana, el mismo sol de siempre, sin cambios, sin niebla, sin lluvia.

Desayunábamos con la vista clavada en el puerto de Los Cristianos, eran tiempos en los que no se sucedían las tristes escenas de llegada de pateras cargadas de almas llenas de sufrimiento. El sonido grave de la sirena del Ferry proveniente de La Gomera anunciaba a todos su llegada y desperezaba nuestros sentidos. Con la tostada a medio comer contemplábamos las maniobras de atraque que llevaba a cabo en el puerto y cómo abría la boca de proa para zamparse la hilera de coches de alquiler de los turistas más madrugadores.


Ella iba a trabajar y yo me quedaba. Un beso, algunas indicaciones y nos volveríamos a ver a la hora de comer, en casa.

Durante todos los meses que estuve sin trabajo en Tenerife me encargué de las tareas del hogar. En casa de mi madre y debido al mucho trabajo que tenía en la peluquería, casi siempre habíamos tenido señora de la limpieza y yo no recordaba haber planchado una camisa en mi vida, sí que hacía mi cama y ponía y recogía la mesa, pero ni lavadoras, ni limpiar en general, ni nada de nada, la expresión catalana: fer dissabte, que traducida literalmente es: hacer sábado y significa limpiar la casa a fondo, era levantarme de la cama tarde, desayunar y tocarme las... narices, o bien ensayar con los Trols en el sótano de la casa rosa, ahora que lo pienso, quizás era lo mismo...


Lo tomé muy en serio, era la primera vez que tenía que ocuparme de las tareas del hogar. Me conciencié y asumí aquella responsabilidad al ver que si no fregaba, no lo hacía nadie, si no pasaba el aspirador, el suelo quedaba sucio y, claro, mi esposa me aleccionó, pero creo que se excedió un poquito.

El primer asalto era la cocina, fregaba -a mano- los platos de la cena de la noche anterior y los del desayuno, limpiaba todo hasta que quedaba una cocina como si tuvieran que hacernos un reportaje de revista. Después pasaba a la zona de habitaciones, que ya estaba lo bastante ventilada, y hacía la cama. Una vez había acabado y con la espalda pegada a la camiseta aspiraba el piso entero de tres habitaciones, baño y aseo, distribuidor, cocina y comedor con sala de estar, hasta al balcón le daba un repaso. Finalmente llenaba el cubo para fregarlo todo hasta que llegaba al baño, donde ya me desnudaba y me metía en la ducha.

Las lavadoras y el cocinar eran tarea de ella, la plancha a menudo era mía y no se me daba nada mal. Mientras planchaba pensaba en la cara que pondría mi madre si me viera, de hecho en una de las visitas que nos hizo ya me lo dijo:

-Anda rey, que en casa no hacías ni la mitad que aquí...

-Si es que no me dejabas... -respondía yo sonriendo.

Todo ello lo hacía cada día engañado, porque dos personas en un piso como aquél no ensuciábamos tanto como para tener que aspirar y fregar el suelo a diario, pero claro, a ella le iba bien, teníamos la casa como una patena e incluso me fastidiaba que dejara huesos y rabos de cereza sobre la mesilla del sofá -todavía ahora me los encuentro de vez en cuando, debido al auge en casa de devoradoras de cerezas en la época de meneallas.

Llegué a convertirme en un marujón durante aquellos meses en los que estábamos solos en el piso, pero entonces llegaban mis suegros con mi cuñada y cambiaba el cuento, dejábamos de compartir cama en la habitación grande para separarnos por habitaciones, los suegros en la de matrimonio, yo, solo en la habitación pequeña -que además era la de planchar- y Penélope dormía con su hermana en la otra habitación.

Aquel pisito que yo había convertido en mi pequeño reino, limpio, aseado y ordenado, de repente era invadido por huéspedes de pleno derecho y costumbres que rompían el orden, en aquel momento me daba cuenta de que mi castillo era frágil, de papel, no de piedra, por eso insistía en buscar un lugar para nosotros y no tener que pasar por aquello, pero, con mucha sensatez, Penélope frenaba mis impulsos, no teníamos bastante dinero y era lo mejor que podíamos hacer, sólo estarían tres o cuatro meses -para mí una eternidad.

La parte buena de la historia era que yo dejaba de hacer la mayor parte de las asumidas obligaciones, ya que mi suegra no quería que lo hiciera, todavía no entiendo porqué, pero no me opuse y me lo tomaba como unas vacaciones. Iba con mi cuñada Elma, de dieciséis o diecisiete años, a la piscina comunitaria. Jugábamos a cartas, nos bañábamos, tomábamos el sol, hablábamos de mil cosas, nos peleábamos como hermanos, toda la tarde tumbados a la bartola mientras mi suegra trasteaba por el piso, mi suegro andaba dando vueltas por ahí y mi mujer trabajaba.

A veces venían de visita los Velázquez, unos amigos canarios de mis suegros, y pasábamos la tarde jugando a cartas, al juego del cochino o coyino, como dicen ellos -dicho con mucho respeto y cariño, claro- que básicamente trata de tener cuatro cartas en la mano, pasar una carta al de tu derecha a la señal de uno, dos, tres y cuando te encuentras con cuatro cartas del mismo número plantas el juego poniendo las cartas con la mano en medio del corro y gritando: -¡Cochino! El resto tiene que seguirte y hacer lo mismo y la mano que llega más tarde pierde. Es simple y supongo que debe haber mil variantes de este juego, allí la gracia era que nosotros también gritábamos: -¡Coyino!

Con el tiempo, el rincón de mi mundo volvía a ser mío, los suegros se marcharon con mi cuñada y nos dejaron el piso, que no nos iba nada mal, el coche que tampoco y a Charlie... su perro pastor catalán que, debido a su largo pelaje, sería la atracción del paseo entre Los Cristianos y Las Américas.

Se convirtió en mi sombra y en fiel compañero de paseo.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Primeros pasos (Tenerife).

Este escrito es la continuación de:
Volando del nido (hacia Tenerife).


El mismo día que llegamos al puerto de Santa Cruz de Tenerife nos dirigimos a ver a Antonia, la amiga de mis suegros que tenía que darnos trabajo. Ella era una barcelonesa que marchó a Tenerife de joven y se quedó para siempre.

Me tocaba renovar el DNI y como todavía no teníamos lugar donde vivir nos empadronamos en su casa, una dirección bastante fácil: calle Belisario Guimerá del Castillo Valero, intentar escribir esto en la casilla correspondiente de un DNI de los viejos es más difícil que firmar dentro del recuadro que te daban, fue sorprendente la habilidad del funcionario de turno que, haciendo gala de una capacidad de síntesis brutal, plantó en mi nuevo DNI una cosa parecida a eso: Bel. Guim. del Cast. Val. y con eso ya se apañaría la policía para encontrarme si me buscaba -el mismo funcionario también cambió el nombre de la ciudad donde nací, Granollers, por uno curioso: Granowers, aunque fuera normal que no entendiera, ya que lo escribí en mayúsculas y en catalán... mea culpa.
Ya teníamos ganas de empezar a trabajar y demostrar que estábamos preparados para afrontar el reto de una nueva vida en común.
Qué sorpresa fue llegar a Santa Cruz y descubrir que Doña Antonia -como se dice allá- que tantos problemas tenía para sacar adelante la pizzería, la tienda de ropa de enfrente y el centro de estética del piso, ya había solucionado gran parte de ellos gracias a su hija menor, Yolanda -una chica de nuestra edad. La hermana mayor continuaba trabajando en una agencia de viajes y no tenía interes en trabajar para la madre.
Por un lado, ya tenía un encargado que la ayudaba en la pizzería y por el otro, Yolanda había empezado a estudiar estética y combinaba horarios con la madre para atender la tienda y el centro de estética. Supongo que el favor que teníamos que recibir se lo hicimos nosotros a aquella familia, porque gracias a nuestra llegada a la isla a la chica se le abrieron los ojos ante la posibilidad de quedarse estancada vendiendo piezas de ropa en la tiendecita.
Antonia nos invitó a comer en la pizzería y hablamos de cosas de familia -más bien de la suya- pero de trabajo nada, evasivas, yo me sentía decepcionado y confundido. Iba captando que no había trabajo para mí en aquel lugar. Afortunadamente la doña ya había contactado con una esteticista que necesitaba personal en su centro, pero estaba a más de setenta kilómetros de Santa Cruz, en Playa de las Américas.

Nuestra intención era buscar un sitio para vivir en Santa Cruz, la capital, pero en vista del éxito, aquella misma tarde recogimos las maletas que habíamos dejado en casa de la señora y nos marchamos hacia Los Cristianos, al piso que mis suegros habitaban en época de vacaciones, una vez acabada la temporada del restaurante de Roses.
Aquello no era lo que estaba previsto y fue un duro golpe, pero confiábamos en que saldríamos de esa.
Antes de marchar a Tenerife, preparé un As en mi manga: había contactado con unos amigos de mi madre que tenían en Llinars del Vallès una empresa distribuidora de antenas parabólicas y buscaban a alguien joven y de confianza para hacer de encargado de un almacén de distribución que pretendían montar en Tenerife. No querían un viejo zorro que pudiera sacar provecho extra y, según ellos mismos, yo era la mejor opción, eso me llenó de esperanza. En aquel tiempo, mientras la Península ya recibía algunas cadenas privadas, las islas sólo recibían los dos canales de Televisión Española. El inminente lanzamiento de un nuevo satélite -o algo parecido- que daría más luz a las Canarias auguraba un futuro prometedor en este sector.
Penélope y su currículum superaron la entrevista de trabajo sobradamente, no en vano tenía buenas referencias de la amiga de mis suegros y además había estudiado en una de las mejores academias de Barcelona, cuando vivía en nuestra casa.
Ella empezó a trabajar enseguida en el centro de estética entre Playa de las Américas y Los Cristianos, en una zona llamada El Camisón -sin comentarios- con Dorita, una asturiana muy agradable que pasaba de los treinta años, casada con Armando, un dentista también asturiano de edad similar que tenía consulta al otro lado de las Américas. Para nuestros ojos eran un matrimonio mayor si lo comparábamos con nuestra edad, veintidós.
A mí, como parado que era, me tocaba ir a hacer cola a la oficina del Inem de Granadilla de Abona a las seis de la mañana para poder realizar los trámites y gestiones que aquello requería, muy pesado, claro.
En una de las muchas colas que hice en la calle para sellar la cartilla del paro, desde la acera y a través de una ventana, se podía ver la tele del bar, donde curiosamente hacían el programa Digui-digui (curso de catalán) y me hizo mucha gracia ¡Incluso había quien lo miraba!
A veces cuando estaba en casa llamaba a la empresa de Llinars:
- Buenos días, querría hablar con David...
- ¿De parte?
- Soy Sergi M. de Tenerife.
- Un momento por favor ...
- ...
- Sí ¿David?
- Dime...
- ¿Cómo está el tema?
- Estamos esperando que lancen el nuevo satélite, ya hemos montado un almacén en Portugal y pronto iremos a montar otro a Japón... ya te llamaré cuando esté a punto.
- De acuerdo... -respondía yo prudente.
Iban pasando los días, las semanas y los meses, abrían nuevos almacenes de distribución, pero el satélite de los coj...nes que debía suministrar señal a las islas no lo ponían en marcha y yo me desesperaba...
Llamaba pocas veces por prudencia y porque la respuesta siempre era la misma, hasta que decidí no llamar nunca más y esperé a que llamaran ellos.
No sé si se llegó a lanzar el satélite de mierda, ni siquiera sé si hubo alguna vez un satélite, lo que sí sé es que nunca me llamaron, ni siquiera para comunicarme que no montarían nada en Tenerife, desde aquí: muchas gracias.



miércoles, 12 de marzo de 2008

La cajita de bombones...

La pasada Navidad tenía que ir a ver a Rosa, la secretaria del despacho que cerramos a finales de 2007.

Debido a que días antes, yo había acompañado a mi mujer a una tienda especializada en chocolate y sabía a ciencia cierta que podría comprar una igual, para no presentarme con las manos vacías en casa de Rosa, cogí de casa una cajita de bombones que mi mujer guardaba con esmero para abrirla en una fecha señalada.

Escribí una nota de agradecimiento de parte de los socios y se la llevé pensando que después iría a comprar otra igual y mi esposa mujer no se daría cuenta.

La visita transcurrió con la normalidad esperada y cuando me despedí de ella, de su hija y de su marido me dirigí inmediatamente a la tienda de chocolate con la esperanza de que ese fuera mi día de suerte.
-Hola, buenas tardes. Quiero comprar una cajita así alargada con unos bombones variados de distinto chocolate.
-Ningún problema, aquí lo tienes, escoge tú mismo.
-Pero, no tenéis unas cajitas rojas, no sé si te acuerdas de mí, vine con mi esposa hace unos días y nos llevamos una.
-Síii... mmm... -ella piensa- ¿no te va bien ésta?
-Es que tiene que ser igual, el caso es que le he regalado la cajita de mi esposa a una chica... y no quiero que lo sepa... -me estoy metiendo en un lío- bueno es mi secretaria y... -eso suena peor-.
-No, no, quiero decir que no me gustaría que se enterara... -llegados a este punto, percibo que la chica ya se ha hecho una idea totalmente equivocada de mí y me suben los colores a la mejilla-.
-No pasa nada, podemos meter esta variedad de bombones en una de estas cajas -dice ella, yo callo y me tranquilizo relativamente-.
-Sí, muy bien, así quedará bien. El caso es que he ido a verla y no quería presentarme sin nada -calla y tira p'alante, me digo- cerramos el despacho y claro está...
Pago y salgo de la tienda, el aire fresco me va muy bien a la cara.
No notará la diferencia seguro. La cajita es la misma. ¡Estoy salvado! Vuelvo a casa y dejo la cajita en el mismo armario donde estaba la otra.
Días más tarde, Penélope decide abrir la caja en una cena de aquéllas de Navidad.
Al abrirla se queda sorprendida, descubre que en el interior hay muñecos de Papá Noel de chocolate. La otra tenía arbolitos de Navidad, la memoria le falla seguro.
Pienso: ¡Qué manía que tienen algunos con las figurillas de Navidad!
¡No sólo son las figurillas, además se da cuenta que entre los muñecos de chocolate blanco y con leche, también hay muñequitos de chocolate negro, cuando a ella no le gusta.
Aquí confieso mi ineptitud.
¿Quién me mandaría improvisar?
Todavía pienso en lo que debieron hacer volar su imaginación las chicas de la tienda de chocolate... y es que el tomate ha hecho mucho daño al país.


viernes, 29 de febrero de 2008

La peor llamada recibida en el despacho.

Es una tarde del último día de octubre, parece más tarde de lo que es en realidad. Amenaza lluvia, la tarde es demasiado oscura. Estoy en el despacho de la agencia inmobiliaria.
Suena el teléfono de mi mesa, llama la secretaria:

-Sergi, tu suegra por la línea 1 -aprieto el botón de la línea muy extrañado-.
-Hola Elma ¿qué tal? -la voz entrecortada de mi suegra me sorprende, pasa algo.
-Sergi... mmm... que Idoya y Carlos... han tenido un accidente en la moto...
-¡Pero, qué dices! ¿Cómo? ¿Qué ha pasado?
-Bueno... no he querido hablar con Penélope y por eso... te llamo a ti... no le digas nada... bueno dile sólo que ha tenido un accidente y que... está muy mal, han ido al hospital, pero está muy mal. Venid en seguida... que está muy mal -la cosa es seria, me temo lo peor-.
-¿Dónde estáis vosotros?
En aquel momento tenía los compañeros del despacho preocupados a mi lado pendientes de mi reacción, estaba trastornado.
-En Figueras... en el... tanatorio... Idoya ha muerto... han muerto los dos -me dice y se echa a llorar-.

El ambiente del despacho está bastante cargado del humo de tabaco negro de Santi C. los demás lo hemos dejado. Me quedo helado, me falta algo de aire, tengo la mirada perdida en el mapa de la pared y las lágrimas inundan mis ojos.

No me lo creo, no puede ser. Idoya es la hermana mediana de tres, menor que Penélope, tiene diecinueve años, toda una vida por delante y un novio que no gusta a nadie, un desgraciado que todos tenemos que soportar y que la lleva por caminos equivocados.
-Voy a buscar a Penélope y vamos para allá.
-Sergi... no le digas nada, sólo que ha tenido un accidente.
-... Bueno... ahora mismo salgo a buscarla y venimos...

Llamo a casa y hablo con mi hermano, le digo que Penélope se prepare para ir a Roses, Idoya ha tenido un grave accidente en moto y tenemos que ir.

Salgo del despacho con la cabeza confusa y llena de interrogantes.

Por el camino ella me va haciendo preguntas como:
-Pero ¿Qué te ha dicho mi madre?
-¿Cómo ha sido?
-¿Qué tiene exactamente mi hermana?
-¿Dónde está?
Yo uso evasivas constantemente. Insiste y yo pienso:
¿Qué razón existe para no contar algo tan importante a la persona que amo?
Sus interrogantes se me clavan en el cerebro y no puedo más, tengo que decírselo, no puedo continuar así. Desvío el coche hacia la primera área de descanso de la autopista que encuentro y mirándola a los ojos le confieso lo que sé...
Nos abrazamos y lloramos.

En el año 1990, el día de los Santos Difuntos, mi cuñada Idoya era enterrada en el cementerio del pueblo que la vio nacer, crecer y morir en un periodo demasiado corto y con toda una vida por delante. La vida es injusta en ocasiones para los que nos toca vivirla, pero la muerte prematura lo es siempre.

El mismo día, a la misma hora y a unos cien metros del nicho de mi cuñada, era enterrado Carlos.
El aire de aquella mañana era frío y el cielo era gris, muy gris...

Con el drama que se vivía en Roses, la familia necesitaba cambiar de aires por un tiempo y se marcharon a Tenerife, donde tenían un piso para pasar las vacaciones después de cerrar el restaurante al final de cada temporada.

Mis suegros, una vez allí y al cabo de un tiempo, hablaron de nosotros con una amiga de Santa Cruz que tenía problemas.
Esta amiga tenía dos hijas, una pizzería, una tienda de ropa y un centro de estética. Todo eso en la misma calle. Ella llevaba la pizzería y el centro de estética a ratos, la hija mayor no llevaba nada y trabajaba en una agencia de viajes y la pequeña se encargaba de la tienda. Ante la posibilidad de que Penélope se encargara del centro de estética -ya tenía la experiencia de esteticista en la peluquería de mi madre- y que yo me encargara de la pizzería -ya que tenía la experiencia del restaurante- nos convencieron de la necesidad de ir a vivir a Tenerife, así, también, cambiar de aires.

Dejé la agencia con facilidad, no me costó mucho dar el paso.




jueves, 28 de febrero de 2008

De traje y corbata

Dos meses después de acabar la temporada en Roses buscaba trabajo en mi pueblo desesperado para no tener que volver al restaurante el siguiente verano.
Visité una conocida fábrica del pueblo.
El dueño me acompañó orgulloso de su empresa y me mostró el tipo de tarea a realizar.
Sus empleados alimentaban unas máquinas con herrumbre, tornillos, clavos o algo así, no tengo ni idea con qué fin, pero no se podía decir que sus caras fueran muy alegres precisamente.
Me decía que sentía mucho no tener un lugar para mí en la oficina debido a mi historial. El caso es que acepté el trabajo sin pensarlo y tenía que empezar al día siguiente a las seis de la mañana.
Quería quedarme y no volver al restaurante, me hubiera agarrado a un clavo ardiendo.

Al comunicar en casa que ya tenía trabajo y dónde, mi madre me invitó a telefonear a Alex, un primo de mi edad hijo de la hermana de mi padre, la tía Luisa. Él había trabajado para este hombre y, afortunadamente, lo había podido dejar. Con toda la retahíla de improperios que me soltó mi primo acerca de ese hombre tuve suficiente para llamar al empresario para decirle que no me esperara. Me dijo que le extrañaba, no entendía que un chico con estudios hubiera aceptado el trabajo, que no me veía trabajando ahí y que tenía más posibilidades en la vida que malgastarla en su taller. A mi juicio resumía claramente los prejuicios que tenía hacia sus trabajadores y confirmaba todo lo que me había dicho mi primo.

Presenté solicitud para entrar en La Caixa y al mismo tiempo envié currículum a una conocida agencia inmobiliaria de Granollers. Me llamaron para hacer una entrevista en la agencia y después de hablar con uno de los dueños y de realizar un test psicotécnico interminable encerrado en un pequeño despacho, entré a formar parte de aquel mundo con diecinueve años.

Empezaba la jornada a las 8.30 de la mañana con una reunión de ventas. De hecho era un repaso de las tareas que habían llevado a cabo a los vendedores. Lo llamaban raport, para mí era vergonzoso y ridículo, no encontraba el sentido a que los vendedores, uno detrás de otro fueran relatando las peripecias del día anterior, leyendo cosas como:
-Voy con el Sr. Tal a enseñarle el local de la Calle Cual.

-Llamo a la Sra. Nosequé para hacerle oferta del piso de la Calle Nosécuantos.

El truco era que el jefe iba anotando en un cuaderno las frases que leías y al cabo de un tiempo te preguntaba por algún cliente a quien hacía días le habías hecho oferta de algo. Seguimiento útil, supongo. Control total.

A veces escribías en el raport cosas que hacías a parte de la tarea propia de comercial como:
-Vamos a llevar las revistas a Correos -la empresa editaba su revista con todo el producto y lo enviaba a los clientes.

-Vamos a buscar agua al Supermercado Tal -teníamos que beber alguna cosa-.

-Voy a llevar la cartelera del cine -la empresa también se cuidaba de eso-.
En aquellas tediosas reuniones, mientras iba despejándome, más de una vez pensé en poner:
-He ido al lavabo a mear ¡Tres veces!

-He bajado a la calle a soltar un pedo porque no quería que se oyera.

Cuando dejé este trabajo, al cabo de unos tres años, pasé la primera semana desintoxicándome del raport, me costó horrores acostumbrarme a no tener que anotar todo lo que hacía ¡Qué suplicio!
Vestido con el único traje y la única corbata que me compró mi madre, pasé las primeras semanas acompañando un Santi -casualmente los dos vendedores se llamaban igual- y escuchando lo que decía a los clientes. Prestaba atención a las maneras, imitaba sus gestos y usaba las mismas expresiones.

Santi C. era cuñado de uno de los jefes, había sido cocinero antes que vendedor, era un comercial veterano y muy insistente, llevaba a cabo las operaciones de mayor importancia y desayunaba siempre en el despacho, un bocadillo envuelto en papel de aluminio.

El otro, Santi V. era de mi edad, quizás tenía un par de años más que yo, con él solíamos desayunar cada día en un conocido establecimiento de la ciudad tan pronto como los jefes se iban. No estaba permitido, pero lo hacíamos.
Todavía me debe una comida por una apuesta referente al número de teléfono de un cliente suyo que marcaba de memoria, ante su insistencia al hacer notar que se sabía el número de memoria, le dije que yo me lo podía aprender y que pasados diez años todavía lo recordaría. Quince años después me lo encontré y se lo solté, me dijo que me debía un arroz. Han pasado unos veinte años y todavía lo recuerdo, veinte años y el arroz debe estar pasado.

Un mes después de estar trabajando en la agencia, me convocaron para las pruebas de acceso a empleado de La Caixa, lo rechacé, ya tenía trabajo y corbata. Poco tiempo después descubriría que sólo se presentaron once personas para ochenta plazas. Entraron todas, claro está, menos yo.
El hecho de ir bien vestido y que la gente me tratara a menudo de Usted influyó en mi carácter, me volví serio con diecinueve años. Iba a notarías a menudo, conocía abogados, procuradores, administradores y gente influyente de la vida social.
Hablábamos de millones como si habláramos de churros con Santi V. mientras desayunábamos leyendo el periódico. Decíamos cosas como:
-He vendido el local... O bien: -Tengo un piso para vender...

Como si aquellos inmuebles fueran de nuestra propiedad, adoptábamos cierto punto de arrogancia sin darnos cuenta de que alguien podía pensar que estábamos montados en el dólar -lo cual no era cierto, al menos en mi caso-.

Como comercial no me consideraba bueno, no sé mentir sin que se note. Si un piso no me gustaba, era incapaz de venderlo. No servía para trabajar a comisión, el hecho de que la gente pudiera pensar de mí que era un chupóptero me estremecía y como no creaba nada no me sentía realizado, sólo vendía cosas que no eran mías, hacía de intermediario. No quisiera que los intermediarios que puedan leer esto interpretaran mal mis palabras, estoy describiendo lo que sentía yo con veintiún añitos.
No me sentía realizado y no me sentía a gusto desempeñando aquel trabajo, al menos trabajando por cuenta ajena en aquel tipo de negocio.
Estaba convencido de que necesitaba un cambio y lo tuve, amargo, pero un cambio al fin y al cabo.
En una tarde oscura de octubre, una llamada me abrió los ojos a la vez que me los llenó de lágrimas...


lunes, 25 de febrero de 2008

Roses de noche (Año 1987)

Sus padres veían que yo iba muy cansado y convencieron a Penélope para que no me dejara ir a dormir tarde. Ella así lo procuró.

Poco a poco los paseos nocturnos por la playa se fueron acortando y nos despedíamos en la puerta del restaurante, temprano. Luego me dirigía a la solitaria habitación a dormir.
Las primeras noches era incapaz de dormir hasta que cerraba el bar musical que llenaba la calle de todo tipo de música. Tenían las puertas abiertas de par en par para atraer la mayor cantidad de turistas posible. Yo no conseguía pegar ojo y pensé que para estar encerrado en la habitación sin poder dormir, cansado como iba, decidí ir a dar una vuelta hasta que cerrara el maldito bar a las tres de la madrugada, y así lo hice.

Cuando dejaba a Penélope en el restaurante fingía que iba a dormir para no preocuparla, pero no lo hacía. Tomaba la calle hacia la pensión y pasaba de largo, daba una vuelta larga e iba a un pub donde había una mesa de billar americano.

Sus padres insistían en que yo tenía mala cara y me mostraba cansado, ya intentaba disimular el cansancio, pero era demasiado evidente. Aprovechaba el descanso de la tarde para ir a dormir, el bar musical estaba cerrado a esa hora por fortuna. Penélope iba a la playa, yo no era capaz, necesitaba dormir más que comer.

Al cabo de pocas noches descubrí un mundo aparte. El mundo nocturno estival era donde se reunían camareros, taxistas, marineros, guiris borrachos, marroquíes que ofrecían hachís por la calle -impensable algo así en mi pueblo- y señoras que fuman y te tutean, como diría Buenafuente.

Fui de discotecas con 'el Portu', un camarero portugués unos diez años mayor que yo. Él había trabajado para mis suegros y nos hicimos buenos amigos de noche, tan amigos que incluso una noche volvíamos de fiesta con alguna cerveza de más en el cuerpo y mientras nos despedíamos divagando debajo del balconcito de mi habitación, en la misma esquina de la pensión, le cayeron las claves de su piso a la alcantarilla. Como fue incapaz de despertar a su compañero de piso, al cabo de un rato, cuando yo ya entraba en sueños, llamó a mi puerta. Tuvo que dormir en el suelo de mi habitación, sobre la alfombrilla y tapado con una toalla de baño. Por la mañana se marchó con mucho sigilo para que nadie lo viera, la dueña de la pensión era un poco chismosa y se podía haber formado un escándalo en Roses si lo hubieran descubierto saliendo de mi habitación, quién sabe qué podía haber dicho aquella mujer de nosotros.



Mandé al marroquí a hacer puñetas, estaba harto de que cada noche me mareara.
Me decía: -¡Eh, amigo!, hachís...
Y yo: -No, no uso de eso.
Sabía que era droga, pero en realidad no sabía qué carajo era exactamente aquello que me ofrecía, yo era inocente en estos temas.

No me sentía muy seguro andando por aquellas calles con diecinueve añitos.
La noche que me sentí más protegido y tranquilo fue, sin duda, la que hice de guía nocturno a cuatro fornidos marineros murcianos que estaban de paso. Los conocí en el pub donde iba a jugar al billar americano cada noche. Yo jugaba partidas con un chico de Roses y nos hicimos compañeros de billar, apostábamos quinientas pesetas -unos tres euros de hoy- contra holandeses, alemanes y franceses normalmente y ganábamos casi siempre porque éramos un buen equipo, además de que no tomábamos alcohol mientras jugábamos y ellos sí.

Con el cachondeo caí bien a los marineros y me invitaron a todo, a cambio los llevé a los lugares que no podían perderse de Roses. No me atrevería a decir que era muy cultural la ruta que les tenía preparada, por descontado, ellos tendían más bien a estudiar la parte más filantrópica de Roses, no tanto la arquitectónica.

Recuerdo la sensación de seguridad que tenía al caminar rodeado de aquellos Popeyes con cuerpo de Brutus -el malo. Los dejé en la discoteca de un conocido hotel donde había de aquellas mujeres tan cariñosas y amables que fuman. A mí no me gustan las mujeres que fuman, dije a los marineros que yo ya tenía novia y lo entendieron perfectamente. Nos despedimos tan cordialmente como nos habíamos conocido, sabiendo a ciencia cierta que jamás volveríamos a encontrarnos.

Una noche de aquellas ya había dejado a Penélope en el restaurante y me encaminaba hacia el pub a jugar en el billar, pero dando el largo recorrido para no ser descubierto, pasé por delante de un bar y ¡Sorpresa!

Mis suegros estaban tomando algo allí. No supe qué decir, me quedé cortado. Mi reacción fue entrar a comprar tabaco y saludé diciéndoles que acababa de dejar a su hija en casa y que me iba a dormir...

Horas más tarde, entorno a las cuatro de la madrugada, cuando volvía a la pensión me crucé con una chica de Navarra enamorada del cantante de The Cure, era la que trabajaba planchando manteles en el restaurante, tal como íbamos, distraídos, nos saludamos casi sin ni mirarnos y nunca dijimos nada a nadie ¿para qué? si uno regresaba tarde, el otro también.

Estoy convencido de que mis suegros sospechaban de mí, pero nunca me lo dijeron. Mi suegro a menudo insistía en que debía conocer mundo, pillar una alemana, pero yo sólo tenía ojos para su hija.

No hice nada de lo que me pudiera arrepentir, siempre con la conciencia tranquila y el cuerpo reventado.

Tuve suerte que la temporada acabó y volví al pueblo, no sé si mi triste figura hubiera podido aguantar aquel ritmo mucho tiempo más.



sábado, 23 de febrero de 2008

Trabajando en Roses

La primera cosa que perdí antes de empezar a trabajar en el restaurante de camarero fue mi larga melena rizada. Mi madre me cortó el pelo muchísimo, el corte de mi vida, que se vea limpio y aseado -supongo que mi madre se había quedado con ganas después de saber que no haría a la mili. Eso me hizo perder, de sopetón, un kilo de peso. La última cosa que perdería en acabar la temporada serían los otros dos kilos que parece que me sobraban.

El primer día en el restaurante fue terrible, comimos entorno a las ¡Once de la mañana! Qué horario más difícil de cumplir, es una de las cosas que me costó más. De hecho era la hora en que comíamos el personal, había que hacerlo antes de que llegaran los primeros clientes. La cena era hacia las cinco o las seis de la tarde y justo después ¡venga a correr!
Iba de un lado a otro como una pelota de tenis, incluso a veces escuchaba la voz de mi suegro al estilo juez de silla diciendo de vez en cuando: ¡Nooo! Y yo servía de nuevo.

Reventado y desorientado de estar todo el día en pié, de acá para allá, me fui a dormir a la pequeña habitación de la pensión, una calle paralela a la calle del restaurante. El cuartito que me acogería todo el verano era similar a la habitación que tenía en el Collell, con pila y espejo incluidos. Le daba el sol todo el día y por las noches hacía mucho calor, tenía que dormir con la puerta del balconcito abierta.

Al llegar a la puerta de abajo, siempre abierta, entré en el rellano y eché un vistazo a la hilera de peldaños que conducían al primer piso, donde estaba mi anhelada cama. Me vi incapaz de subir los escalones como lo haría en condiciones normales. Al empezar los primeros tres peldaños las piernas no me respondían, las tenía doloridas por todas partes, tocara donde tocara me dolía, así pues doblé la espalda y a cuatro patas inicié el ascenso como un perro herido.

Las primeras noches, en cuanto acababa la jornada, a eso de la una de la madrugada, solíamos ir con Penélope a remojar mis pies a la orilla del mar, dábamos paseos nocturnos por la playa.
La estampa era muy romántica, dos enamorados cogidos de la mano, bajo la luz de la luna paseando con el bajo de los pantalones por encima de los tobillos, acariciando con los pies las tenues olas que morían en la arena. La estampa romántica era para los que contemplaban la escena desde el paseo marítimo. Si hubieran estado a nuestro lado, hubieran oído mis gemidos al introducir los pies en agua salada, tenía tantas llagas y ampollas por los 'super-zapatos-negros-con-suela-de-goma-especiales-para-camareros' que a cada paso que daba veía las estrellas aunque el cielo estuviera nublado.

Los primeros paseos nocturnos eran realmente dolorosos. Una vez sanadas las ampollas y acostumbrados mis pies al ritmo frenético del restaurante, pude disfrutar de conversaciones con mi querida Penélope y también saborear cada momento que pasaba con ella cerca del mar, oliendo el perfume de la suave brisa marina y oyendo el sonido rítmico de las olas sobre la arena fresca.

A media temporada, principio de agosto, el calor era insoportable. Servía la bebida a las mesas con el procedimiento habitual:
Pedido que llega a la barra, se prepara y yo lo llevo a mesa, hasta aquí todo correcto.
El problema era cuando sobraba bebida, en particular alguna copa de sangría. No estoy seguro de que aquello no fuera una trama urdida por Antonio, el camarero que medía metro y medio de la barra con quien íbamos a jugar a ping-pong, vestidos de camareros, como 'el Pulga y el Linterna', los del 'veintidóh', de '¿cómo ehtaba la plassa? ¡ehtaba abarrotáh'!.
Cuándo yo devolvía la copa de sangría sobrante a la barra, él la escondía a un lado y al volver, como por arte de magia, de la copa de sangría habían florecido dos pajillas para sorber y Antonio, guiñándome un ojo, exclamaba sonriente mientras señalaba la copa con la cabeza:
-¡Joer qué calor! Y yo, con el calor, bebía sangría. A los pocos minutos me paseaba con la bandeja por todo el comedor con la alegría y el buen rollo más propios de un camarero andaluz, y él:
-¡Joer qué calor, tío! De vez en cuando mi suegra nos miraba de una manera extraña al vernos felices.
Durante todo el tiempo que estuve trabajando en el restaurante luché para que el trato que recibía de los 'jefes' fuera igual que el que recibían mis compañeros, no admitía nada especial para no crearme enemigos. Comía lo mismo que todos, con la única excepción de la paella, no podía con ella, y eso que era una especialidad de la casa. Cuando tocaba paella yo iba a escondidas a comer un bocadillo de salchicha de Frankfurt al bar de al lado.

Hacía los mismos horarios, soportaba como todos la cancioncita machacona del 'coche fantástico' de la calle cada vez que un padre ponía una moneda en la máquina infernal para que su hijo lo condujera, incluso una turista sueca se me acercó con una moneda en la mano diciendo: kit, kit. ¡Yo creía que aquello era una propina y lo que quería era cambio para la m... de trasto!
Qué martirio, la madre que lo p...

A pesar de todas mis aspiraciones de ser tratado como los demás, mi suegro nunca 'me echó una bronca' y no por que no tuviera motivos. La peor trastada que cometí involuntariamente, fruto de un complot en mi contra por parte de los de cocina, fue un quince de agosto, el peor día con el restaurante lleno de gente.

Cada mañana me ocupaba de rellenar los frascos para aliñar ensaladas, aceite y vinagre, también pimienta y sal. Cogía los saleros vacíos y los llenaba. Aquella mañana lo hice como cada día. Por la noche, con el restaurante lleno, mi suegro se me acerca con cara de pocos amigos y un salero en la mano, lo abre y me dice:
-¿Qué es esto?!?
-Sssal ... ¿no?
-respondo confundido.
-Pruébalo -me dice serio. Al percibir un sabor dulce en la lengua me quise morir.
¡Azúcar! ¿Cómo puede ser? Esperaba una bronca de aquellas monumentales, de las que hacen historia. Imaginaba las miradas cómplices de los de cocina mientras reían entre dientes. ¡Traidores! Exclamé por dentro mientras iba detrás de mi suegro con una bandeja en la mano recogiendo los saleros de todas las mesas con la cara colorada de vergüenza.
Fue el día en que empecé a pensar que Alfredo, mi suegro, era como un padre para mí, y así lo ha demostrado toda la vida.
Mandé a la porra mis aspiraciones de ser tratado como los demás, ¡al carajo! Yo no quería ser parte de aquellos traidores.

De los clientes, la mayoría eran turistas franceses y alemanes con los que, esforzándome un poco, podía entenderlos y decir algunas frases, sobre todo en francés, pero mi fuerte era el inglés y en todo el verano sólo vino una mesa de ingleses. No cabe duda que pasé más tiempo del necesario con ellos, aprovechando para practicar el idioma.

Aprendí a imitar la voz de mi suegro, sobre todo llamando a Carmen, una camarera veterana. La tenía amargada. Tan pronto como veía que estaba quieta mirando la calle o charlando con alguna camarera del restaurante de al lado cuando había poco trabajo, yo la llamaba con la voz del 'jefe':
-¡Carmeeeen!
Ella se erguía asustada, giraba sobre sus talones y venía corriendo mientras preguntaba por mi suegro, entonces se daba cuenta y me reñía sonriendo.

Pasé buenos y malos ratos aquel verano, pero al final de temporada decidí que yo no estaba hecho para la hostelería, quiero decir para trabajar en ella ¡Claro!
Tan pronto como llegué al pueblo y reencontré a mis amigos, nadie creyó que había estado todo el verano en la costa y en un restaurante. Me esperaban bronceado y bien alimentado, pero mi imagen era más parecida a la de alguien que había permanecido meses en un iglú en Groenlandia alimentado de pescado crudo. La tez blanca resaltaba aún más las oscuras bolsas debajo de los ojos. Estaba tan pálido, que casi era transparente, como aquellos bichos que habitan en las profundidades marinas más recónditas a no sé cuántos miles de metros bajo la superficie, en una palabra, invisible. Había perdido peso -si es que aquello era posible- y me mostraba carente de horas de dormir debido al cansancio y también, en parte, a las noches de Roses.