sábado, 15 de marzo de 2008

Historias para no dormir

He estado muerto de miedo en multitud de ocasiones, la mayoría de niño, claro, excepto con la niña del exorcista que no quiero ni recordar.

Mi abuela Matilde, madre de mi padre, siempre hablaba del fraile mutilón quien, según ella, era un fraile que aparecía si no te portabas bien, venía y te cortaba una mano u otra parte del cuerpo. Bonita historia, muy educativa.

Alguien me explicó la historia de la mano negra que aparecía si tirabas la cadena del inodoro tres veces seguidas y no estoy seguro de si te mataba o te zurraba, por si acaso, nunca lo hice -hoy en día con la sequía que sufrimos en general, recomiendo hacerlo menos de una vez-.

Un verano en L'Escala estábamos con nuestros tíos, Paco y Juani. Aprovechando que yo era el mayor de tres hermanos y tenía la historia de la mano negra bastante reciente, se la conté a mis hermanos y a mi primo Albert. Ellos escuchaban atentamente y mantenían los ojos -preciosos todos, por cierto- abiertos como platos.

Por la noche, mientras todos dormían plácidamente, yo me moría de miedo e iba a la habitación de los tíos:

-Tengo miedo!

Era una pesadilla, me hallaba en la cama, rodeado de caballeros con armaduras sujetando velas con las manos enfundadas en... ¡Guantes negros!

Me cubría con la sábana hasta el último pelo de la cabeza, me costó mucho desprenderme de aquellos caballeros. Muchas veces me asfixiaba de calor bajo las mantas y sábanas hasta que al final asomaba la nariz para poder tomar algo de aire.

Aquellas experiencias causaron secuelas que me duraron hasta ya de mayorcito, dormía tapado hasta las orejas, mientras pensaba:

Si vienen los caballeros me arrancarán la nariz y los ojos, pero las orejas ¡No podrán ni tocarlas! -curiosamente mi hijo hace lo mismo-.

Estábamos unos cuantos amigos y amigas en el patio de la casa del Pedró de Palamós a los catorce años. Al anochecer contábamos casos de fenómenos paranormales, historias extrañas para poner los pelos de punta, cerca de la puerta de la calle de abajo, donde teníamos una hamaca colgada de un árbol.

Alguien que pasaba por allí nos oyó y se quedó a escuchar. Esperó paciente a que la historia llegara al punto más álgido y cuando ya teníamos el grito a punto de salir, quien fuera tiró por encima de la valla una bolsa de basura que cayó a nuestro lado. Gritamos todos a una. ¡Qué Susto!

Dejamos de explicar historias porque nunca supimos si aquello había sido fruto de algún vecino o de una fuerza paranormal.

Sufrí el primer impacto a los nueve años. Era un sábado por la tarde, mi madre trabajaba en la peluquería del piso y nosotros estábamos en casa de Edu, el vecino de abajo. Aquel día tocaba sesión de cine en TVE y habían programado una película muy oportuna para una tarde-noche de sábado, El hombre lobo. Asumí que era lo bastante mayor para ver aquella película que decían daba miedo. Nos sentamos con la familia de Edu, abuelos incluidos, delante del televisor para pasar un rato agradable, pero tan pronto como empezó la película, vi que aquello era demasiado para mis nervios. Me mordía las uñas y miraba de reojo la tele hasta que no lo pude soportar más y me levanté.
-¿Qué te pasa Sergi? -me preguntó la madre de Edu, dulcemente.
-Me parece que tengo un poco de hambre...
Ella esbozó una sonrisa.
Me fui acercando a la cocina, pero desde allí todavía podía ver algunas imágenes de la transformación, me agachaba detrás de la butaca de uno de los abuelos, entonces iba hacia el recibidor desde la cocina, pero allí también llegaban las imágenes... ¿Quién había diseñado aquel piso, un malvado arquitecto pariente de Dràcula? La madre de Edu se preocupaba, pero los demás se reían de mí.

Ella me decía:

-Tranquilo Sergi, no pasa nada, sólo es una película.
Sí, ya lo sabía eso, me moría de ganas de decirle que dentro de mi cabeza aquello era una realidad, sabía a ciencia cierta que no podría pegar ojo en semanas, pero no se lo dije, me hice el valiente. Quién me mandaba a mí ir a ver la tele a casa de Edu. No tenía escapatoria, volvía al comedor sin uñas y sin yemas en los dedos, podía saborear, incluso, los huesos de los dedos entre la carne ­­­-me estava comiendo a mí mismo de los nervios.

Respiré aliviado cuando terminó, pero las malditas imágenes continuaban en mi cerebro y estuve meses pasándolo mal por las noches. Desde aquel episodio, quedé marcado. En todas las películas en las que hay alguna transformación extraña, se me pone la carne de gallina y unas cosquillas me recorren la espalda para estallar en mi cogote. ¿Qué decir del Thriller de Michael Jackson? ¡Me pilló mayorcito, pero me erizó la piel al final!

De la película Lobo sólo quise ver las escenas donde aparecía Michelle Pfeiffer, por ella, no por Jack Nicholson, y eso que ya tenía una edad.
Michelle Pfeiffer

Michelle Pfeiffer (aprovecho para colar una foto).

En Palamós, para hacerme el valiente, fuimos con mi hermano y las novias al cine a ver doble sesión: Viernes 13 y Al final de la escalera. ¡Qué hartón de sufrir, pero tenía que aguantar, tenía catorce años y mi hermano, doce!
No entiendo qué hay de agradable en pasarlo mal al ver una película, por eso me gustan más las películas de risa, de aquéllas que pagas, pero te lo pasas bien, no como una vez que compré un partido del Barça contra el Celta por la tele y perdieron.

En la vida real, una de las veces que he notado aquello de la piel de gallina y las cosquillas en la espalda fue un día después de ver El sexto sentido, aquélla del niño que susurra aquello de:
-En ocasiones veo mueertosss...

Como a menudo llego a casa de noche y los niños ya duermen -cada vez menos-, yo estaba en mi habitación, en silencio para no despertarlos, poniéndome el pijama de cara al armario y de espaldas a la puerta, los niños ya estaban durmiendo. Pensaba en la película, en aquel niño, en aquellas imágenes y de repente oigo una voz que susurra detrás de mí:
-Estásss aquíii...
¡Coj...nes, me cago!
Me doy la vuelta y Joel me saluda, había susurrado a mi espalda para no despertar a su hermana. Si la luz de la habitación no me hubiera mostrado la figura de mi hijo me hubiera dado un infarto de miocardio allí mismo.


En los periódicos: Hallado muerto hombre debido al saludo sigiloso de su hijo...




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