martes, 4 de marzo de 2008

Los buscadores de perlas

Con ocho o nueve años empecé a navegar por mar con mi hermano los veranos en Palamós, impregnados de sal marina y embelesados con Jaques Custeau y su mundo submarino.

Cuando nos levantábamos por la mañana en la casa de Sota Pedró, la abuela nos mandaba a comprar el pan con el que nos preparaba un bocadillo de pan con tomate y mortadela de aceitunas. El tamaño de los bocadillos, sin exagerar, era exactamente el de una barra de cuarto para cada uno -una baguette de hoy. La energía que nos daba aquella sana alimentación nos permitía cargar la barca hinchable desde casa hasta la playa del puerto.


La yaya nació en Extremadura. De jovencita vino a Cataluña a trabajar y desarrolló un particular proceso de aprendizaje del catalán. Se casó con el abuelo Joan, campesino y catalán de pura cepa, ella fue esforzándose en aprender a hablar nuestra lengua por deseo de su marido. De este modo su catalán era una mezcla de palabras de ambas lenguas que hacía difícil entenderla a veces. Pasó lo mismo con su castellano, fue perdiendo palabras y la mezcla también era difícil de descifrar. Consiguió aglutinar una manera de expresarse que dejaba claro que en Cataluña era inmigrante con voluntad de integrarse, pero en Extremadura era la catalana, ya que no entendían ni la mitad de palabras que usaba.


Después de desayunar, la yaya preparaba las cosas para pasar toda la mañana en la playa hasta la hora de comer e iniciábamos la peregrinación. La calle que bajaba al puerto era larga y pesada. Siempre pasábamos al lado del barrio de pescadores y yo miraba aquellas callejuelas con nostalgia. Llevábamos la barca hinchable cargada con todos los utensilios necesarios, además del equipamiento especial para la inmersión en las profundidades marinas, las gafas, las aletas y un tubo. Mi hermanita iba de la mano de la yaya y nosotros, uno a cada lado de la barca, íbamos abriendo camino por delante, oyendo los avisos de la yaya, sufridora como nadie, desde atrás:


-¡Al taaaanto, Marcoh!
-¡Compte con los coches, Sergio!
Su conjugación verbal preferida era:
-Aviamohavé...


Tan pronto como nuestras chanclas pisaban la arena nos descalzábamos, nos gustaba mucho pisar la arena con los pies descalzos, dejábamos las cosas con la yaya entre las barcas que reposaban boca abajo sobre la arena y empezaba nuestra aventura.

Zarpábamos junto al puerto y remábamos entre las barcas de pescadores amarradas en el muelle. Por nuestra mente pasaban imágenes de una película, La Perla Negra, donde un chico se zambullía equipado tan sólo con unas gafas y un cuchillo, recogía ostras y extraía la perla de su interior, hasta que un día descubre una ostra que contiene una perla negra. Qué hallazgo más sensacional, pensábamos. Nosotros buscábamos aquella ostra con la perla negra en el interior, pero al no ver ninguna nos conformábamos con encontrar piedras de diferentes colores. Las más valiosas eran, sin duda, las negras y redondas.


En una de aquellas incursiones, remando entre las barcas del puerto, vimos un pez flotando en la superficie, excitados por semejante hallazgo nos acercamos. Parecía una dorada como las que pescaba nuestro padre desde las rocas de la calita. ¡Qué excitación! La dorada estaba muerta y la capturamos sin esfuerzo.


Al vernos llegar con el enorme pescado en la mano, la yaya frunció el ceño, sus ojos empequeñecieron por momentos e inició el interrogatorio:
-¿Da onde lo haveu sacao?
-Yaya, lo hemos pescado.
La mujer no daba crédito, pues no habíamos traído ni cañas ni red...
-Aviamohavé, lo haveu cogío con las mans, no?


No pudimos más que confesar, frustrados, nuestra acción y la yaya lo tiró al mar diciendo que aquello era asqueroso, que aquel pez podía haber muerto de alguna enfermedad y toda la retahíla de cosas que los adultos dicen a los niños cuando los riñen.


¡Qué desilusión! Nos creíamos héroes por abastecer la mesa como los buenos pescadores, pero nos quedamos con cara de tontos y enfadados con la yaya.
Instantes más tarde zarpábamos de nuevo con la esperanza de encontrar una perla negra de verdad para la yaya y así ganarnos su favor, pero por más que buscamos, por más que nos zambullíamos, ahora tú y yo descanso, ostras, ¡allí no había ni una ostra!


La vuelta a casa a la hora de comer era mucho más pesada que la ida. El ascenso al Pedró desde el puerto era eterno con las camisetas pegadas a la sal de la espalda. Como cargábamos la barca nos era imposible llevar a cabo nuestro particular y peligroso truco para hacer que los caminos fueran más cortos...

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