sábado, 1 de marzo de 2008

Veranos en Palamós

No puedo recordar con claridad la casa donde pasé las primeras vacaciones de verano de mi vida. Mis padres alquilaban una habitación en el barrio de pescadores de Palamós. Todas las casas estaban pintadas de blanco con los postigos verdes y quedaban recogidas en pequeños callejones sin salida que nacían junto a la calle que subía al Pedró.
La casa era de una familia de pescadores, la familia de Sebastià, un pescador avezado a luchar con las duras olas de la vida -quien lucha con el mar, en la vida tiene mucho ganado.

En aquellos días de verano las noches se hacían en la calle, se creaba una calidez especial con tertulias fuera de casa, sin televisores ni otras distracciones. Los vecinos se encontraban al anochecer, silla en mano, para hablar sentados hasta bien entrada la noche. El tráfico rodado que sufrían aquellas callejuelas era mínimo y en aquellas horas nulo.
Eran veranos de puertas y ventanas abiertas, de niños jugando en el lugar concebido para tal efecto, la calle. Veranos de máquinas expendedoras con urna transparente repletas de bolas de chicle multicolor que mirábamos embobados haciendo rodar la manecilla esperando que se estropeara y soltara todas las bolas por su boca. A menudo, por la mañana, tenías que apartarte porque llegaba el camión rojo, el de las "graciosas" -gaseosas- a abastecer la tienda de comestibles del barrio.
El trato era familiar allá donde ibas. Cuando dejamos de ir a la casa de los pescadores -supongo que el nacimiento de mi hermano tuvo algo que ver-, pasamos unos años yendo a veranear a un camping del Maresme, el camping Victoria. A Palamós volvimos unos veranos después. Fuimos a una zona por encima del barrio de pescadores, al final de la calle de Sota Pedró, también sin salida. Era una casa de pueblo con jardincito, pegada a la de los propietarios. No podíamos jugar mucho en el patio, tenían plantas que se podían romper, pero no nos hacía falta patio, teníamos una calita desierta muy cerca. Salíamos a la calle a jugar y a veces también íbamos a jugar con un vecino de nuestra edad, de pelo negro y rizado que vivía allí al lado.
A menudo acompañábamos a nuestro padre cuando iba a pescar a las rocas de la calita. Con los ojos muy abiertos contemplábamos como papá atravesaba un gusano -al que llamaba tita- con una aguja como las que utilizaba la abuela para hacer ganchillo, una vez tenía la tita empalada, la pasaba al anzuelo. A veces no había tita y papá se proveía de unos bichos americanos, que no por ser americanos dejaban de ser tan asquerosos como la tita catalana, la diferencia era que la americana era pequeña, delgada y llena de pelos -patas, supongo- y la catalana era mucho mayor, gruesa y sin pelos -qué cosas-.
La fascinación que nos provocaba ver volar lejos anzuelo y plomo cargados en el hilo de la caña de nuestro padre hacía que nosotros quisieramos imitarlo. En realidad pescar no era lo que más nos gustaba, sino lanzar lejos el plomo, como papá, y entonces recoger el hilo intentando que no enrocara -tarea difícil-.
Él procuraba hacernos ver que teníamos que usar boya para evitar perder el plomo, pero no era tan divertido, el caso es que con la boya pescábamos más que sin ella.
Recorríamos las rocas con sandalias de goma, luchando contra las picaduras de los mosquitos de la tarde. Descubríamos cuevas naturales entre las rocas, pasábamos horas enteras contemplando las reacciones de los cangrejos dentro de los charquitos de agua salada que se formaban en las rocas. Pescábamos peces a los que llamábamos sardos y tenían una mancha negra en la cola y también unos pececitos parecidos a las sardinas, con franjas de vivos colores en sus costados, a éstos les llamábamos julivías.
Con mis hermanos hemos pasado muchos veranos enteros en Palamós, nos quedábamos toda la semana con los abuelos y los fines de semana venían nuestros padres.


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